Una cuestión de confianza

Nací en Córdoba (Argentina) y viví allí 26 años, la mitad de mi vida. Soy un experto en crisis de todo tipo: políticas, económicas y militares (incluyendo una dictadura especialmente sangrienta, una guerra abortada in extremis y otra perdida).

No llevo la cuenta de los cambios de moneda acaecidos durante mi juventud, ni de los récords de inflación superados, aunque recuerdo llegar a la caja con el carrito de la compra y comprobar que los precios ya habían cambiado. También recuerdo cuando los comerciantes cerraban sus tiendas o se negaban a vender, mientras esperaban una nueva lista de precios.

En fin, aprendí que una de las pocas cosas buenas que tienen las crisis es que demuestran de qué madera está hecha la gente.

Hoy, me entristece ver en España a tantas personas quejándose y lamentándose todo el día: en los medios, en la red y en la calle. Ya está bien. Dejemos de llorar.

No podremos salir de la crisis mientras sigamos siendo una sociedad quejumbrosa, ni mientras sigamos pensando que siempre la culpa de todo es de los demás.

Hay que ponerse a trabajar para cambiar nuestra suerte y abandonar de una vez el coro de los lamentos.

Los políticos, como dice un colega, hacen mal algo que nadie hace mejor que ellos. Hay que dejar que lo hagan, hay que controlarlos desde la oposición y desde los medios, y hay que cambiarlos en las elecciones, pero no podemos cifrar en ellos nuestro futuro, ni como sociedad, ni como personas.

He aprendido que la confianza (no el resentimiento, la envidia, la sospecha, ni la venganza) es lo que nos hace avanzar, lo que nos impulsa a crear, a cambiar y a innovar. La confianza es el aceite de nuestras relaciones (personales, sociales y profesionales), y es también el lubricante de los mercados.

Tenemos que recuperar la confianza y no dejarla escapar. Y tenemos que hacerlo antes de tocar fondo, ya que entonces será demasiado tarde y estará minada.